6.3 Entrada en Spahan

(01.05.1618 – 01.05.1618)



Panorama de Isfahan (siglo XVIII)

Primero de Mayo, habiéndose acomodado dos razonables casas juntas en Spahan, que se servían por una puerta, para que el Embajador se aposentase, entró aquella tarde en la ciudad acompañado de los governadores y demás oficiales del Rey, con otra mucha gente á caballo, en que entraban los religiosos del Carmen y San Agustin, con los demás que había de Europa, ingleses, italianos y tudescos.
Después de haber pasado el río por la puente vieja y entrado por una larga calle con muchos plátanos, se comenzó á caminar ya dentro de la ciudad por calles estrechas y de casas medio arruinadas, aun de peor fábrica que las de Xiras, hasta dar en un bazar lleno de tiendas de cosas venales, las más de ellas de todo género de frutas secas, y de las que entonces había verdes y muy acedas, y gran cantidad de mantenimientos, asados, cocidos y fritos, de diversas carnes, con muchas maneras de pan, regalado y bueno.
En medio de este bazar, que es como una muy larga calle cubierta de boveda con sus claraboyas por donde recibe luz, hay un soberbio y gran caravasar nuevo, que este presente rey Xa Abas, en su nombre y á costa suya, ha mandado hacer de pocos años á esta parte.
De aquí se entra en el Maidán, que es la plaza en que se ejercitan á caballo, también obra del mismo Rey, cuya descripción se pondrá adelante, en cuya testera, á la mano izquierda como se sale del basar, se va acabando ahora una sumptuosísima mezquita que con particular devoción ansimismo el Rey manda labrar á su profecta Alí.
Y como atravesando por toda la largura del Maidan se hubiese de pasar por delante de la casa Real, que estaba á la mano izquierda, y que este Rey ha ilustrado y engrandecido con nuevos edificios. Los governadores se llegaron al Embaxador y le pidieron y advirtieron de como era costumbre guardada inmemorialmente en Persia, de que cualquiera Embajador se apeaba y llegaba á hacer reverencia á la casa, descubriendo y humillando la cabeza en llegando á la misma puerta, y esto por lo que se debía al Rey, y que todos los Canes y Soltanes sus vasallos, aunque fuesen sus propios hijos, después de haber bajado de los caballos se postraban en el suelo y besaban el lumbral ó entrada de la puerta. El Embajador les respondió que fuesen ellos á cumplir con su cerimonia, porque él en aquel caso por servir al Rey aun haría mayor demostración de cortesía, con su casa, de la que acostumbraban en España con la de sus propios reyes, que eran sumamente venerados y reverenciados de sus vasallos. Y como los gobernadores instasen para que se apease porque ellos le querían acompañar, les dijo resueltamente que no había de hacerlo; que fuesen ellos, porque él cuando pasase tendría el comedimiento que fuese justo. Visto esto, porque la gente estaba parada, los gobernadores y los demás persianos que iban á caballo se apearon en medio de la plaza y de allí fueron á pie á hacer su adoración, y mandando el Embajador á sus criados que ninguno bajase, fueron pasando hasta que él llegó en derecho de la puerta de la casa Real, que como se ha dicho quedaba á la mano izquierda, y alli revolviendo el rostro del caballo á la misma puerta se quitó el sombrero volviéndoselo luego á poner, y allí aguardó un poco hasta que los gobernadores tomasen sus caballos después de haberse postrado y besado el suelo de la entrada.
Acabaron de pasar todo el Maydán con gran ruido de trompetas y atabales, hasta llegar á otro bazar en que también había muchos mantenimientos y otros regalos de leche y cosas dulces, y en que había la ordinaria música de gaytas y panderos tan usados en toda la Persia.
De aquí se pasó por entre dos grandes mezquitas y llegaron á las casas que al Embajador le tenían apercebidas para posada, adonde aquella mañana antes se había traído el presente y su recamara con las demás cosas de su casa, y habiéndose despedido los que le acompañaron, se apeó y desnudó, viniendo muy cansado del calor de aquel día, habiéndole parecido, contra lo que le habían informado, mejor las casas, porque se acomodó bastantemente él y su familia en ellas, demás de tener algunas fuentes abundantes de agua y una grande huerta con mucha cantidad de rosas.

Es la ciudad de Spam, á respecto de sola su población antigua poco menor, de la grandeza que Xiras, aunque mucho más deformada y arruynada; pero consideradas las colonias que tiene cerca de sí y que le sirven de burgos, es mayor sin conparación que ninguna de cuantas hay en todas las provincias subjetas al rey de Persia. Y aunque hay en ella muchas mezquitas, ninguna de fábrica notable, antes muchas de ellas padecen la misma ruina que las casas particulares, con calles tan estrechas, desiguales y torcidas que á ninguna se le puede dar este nombre, siendo cosa feísima y abominable la figura que toda la ciudad tiene. Lo que en ella hay de consideración es lo que este presente rey ha labrado y edificado, que es el Maidan y nueva structura de la antigua casa de los reyes pasados, con la nueva mezquita y caravasar que ya se han referido, sin las colonias ya dichas; y lo cercano á ellas, como se dirá adelante.
El Maidan es una gran plaza de más de seiscientos pasos en largo y trescientos de ancho, en forma cuadrangular y cercada toda alrededor de tiendas de mercaderes con varandas y aposentos pequeños por lo alto, sin otras ningunas casas notables, siendo muy bajos y humildes estos edificios de tiendas que las rodean. Como se ha dicho ya, sirve de exercitarse en ella á caballo, que ordinariamente es jugar á la chueca, ó tirar con arco á lo alto de una muy alta viga que tienen hincada en el medio de la plaza, de la manera que se hacía en Xiras, y para que el suelo de la plaza, que es igual y llano, esté mas á proposito y los caballos no resbalen en él, lo tienen cubierto de cascajo menudo, ansí de invierno como de verano.
En uno de los dos lados mayores de esta plaza, que es en el de la mano izquierda como se viene de la mezquita nueva, está el palacio y casas reales, con una lonja cuadrada á la entrada, cubierta con su bóveda, y una varanda encima, la una y la otra dorada y pintada, sigún en Persia se acostumbra. Más adentro hay un grande y hermoso recibimiento ó entrada, cuadrada toda, de la misma labor con muchas puertas y aposentos pequeños, ansimismo dorados y pintados alrededor de la misma cuadra, y que se mandan por ella. Lo interior de este palacio, conforme á la costunbre de los reyes de Asia, es inaccesible, por los serrallos ó arames, en que tienen mucha cantidad de mugeres, particularmente este Rey, que aqui en Spahan tiene mas que otros, y de todas nagiones, con muy estrecha y severa guarda.
Sobre esta cuadra, ó más propiamente azaguán, hay cinco ó seis suelos con varios aposentos, aunque pequeños, de manera que toda la casa parece una gran torre con varandas doradas en todos los suelos, al Maidan, y á la parte contraria sobre la huerta y arames; el suelo postrero y más alto es de una cuadra hermosísima, toda dorada y cubierto el suelo de muy finas alfombras, con dos varandas á las partes susodichas, de donde como parte tan eminente se descubre toda la ciudad, huertas y jardines reales, con los arames que en ellos hay; á los lados de esta cuadra hay ocho aposentos pequeños, cuatro de cada parte, de á doce ó trece pies de ancho y largo, de la misma labor de la cuadra, y por lo más bajo con algunas pinturas, y en cada aposentillo de estos una pequeña chiminea en lo grueso de la pared, y una ventanilla con su celosia dorada en ella, sobre el Maidan y jardines, habiéndose labrado este cuarto superior para que las mujeres más válidas del Rey pudiesen desde allí ver las fiestas y ejercicios que en el dicho Maidan se hiciesen.
En lo más interior de las huertas y jardines que se han dicho están los serrallos ó arames, del todo inaccesibles, fuera del rey y de los eunuchos que los guardan, conforme á la severidad de todos los asíanos. Hay en los dichos arames gran cantidad de mujeres de diferentes naciones, y mayormente ha crecido ahora su número de las muchas georgianas y circassas que el Rey ha traído en estos últimos años. La muralla que rodea la casa y arames es de mucho ámbito, por contener en si grandes y espaciosos jardines y huertas, infiriéndose bien esta grandeza de lo que se vio en Xiras, aunque está ya muy olvidada y con particular odio no habitada muchos años a ya de sus reyes.
La mezquita nueva, que aun ahora no está acabada, es una bellísima fábrica lo que al presente de ella parece, con una entrada ó pórtico cuyo cinborio, que es muy levantado y soberbio, está todo dorado con muchas labores, la cual hace testera á uno de los dos menores lados del Maydan. Vanse labrando y puliendo para el tal edificio hermosas tablas de marmor y jaspes de varias colores, cosa rara y casi no vista en el Oriente.
El caravasar nuevo del Rey, que se dijo ya estaba en medio del bazar por donde entró el Embajador, es sumptuosísimo, con una muy alta cúpula, toda dorada, y en él muchas lonjas con gran cantidad de aposentos en que sin molestia, antes con mucha comodidad, se puede hospedar gran cantidad de forasteros de todas naciones, particularmente mercaderes; finalmente, es una grandiosa y real fábrica.
Hay otros muchos caravasares en la ciudad, que aunque no son de la lindeza ni grandeza de éste, son capaces y acomodados para que cualquiera persona pueda estar en ellos con regalo, y algunos están llenos de gran número de armenios y surianos que no tienen casas propias, y ansi es una miserable y numerosísima turba la que ordinariamente se ve por toda la ciudad, la mayor parte mujeres y niños medio desnudos, los cuales no tienen otro abrigo ni acogida sino estos caravasares, fundados para este fin de personas religiosas y pías.
En muchas de las mezquitas hay muy altos alcoranes, los más de ellos forrados por de fuera todos de azulejos, y los que no los tienen es por haberseles descostrado y caido por la mucha antigüedad de los dichos alcoranes, aunque en lo demás están ahora muy derechos y sanos. Son todos de ladrillo de muy firme estructura, pero tan angostos que casi parece imposible sustentar su mucha altura, teniendo para subir á lo alto desde abajo una estrechísima escalera de husillo, por la сual dificultosamente puede caber un hombre; lo demás ocupa el grueso de la pared alrededor, siendo más gruesa desde abajo, de manera que va siempre todo el alcoran disminuyendo en su grosor cuanto más sube.
Uno de estos había en la mezquita principal de toda la ciudad, que estaba tan cerca de la posada del Embajador que no había en medio sino una muy angosta calle, y era de tanta altura como la torre de la iglesia mayor de Sevilla, que es más alta que ninguna otra de España. Aquí se subía un dervis ó hermitaño que asistía en la dicha mezquita, y por las mañanas, tardes y medio día daba ordinariamente grandísimas voces, haciendo su acostumbrada alá, y esto por todo el tiempo que estuvo el Embajador en Spahan, persuadiéndose, sigún él decía, que había de convertir á todos aquellos francos, que eran sus criados. Era el traje de este dervis muy roto y sucio, y aunque tenía mucha edad traía el turbante rodeado de plumas de pajaros, [de] diferentes colores, y esto por menosprecio del mundo, pareciendo exteriormente hombre simplicísimo, ó fuera de juicio, aunque muy estimado de todos los persianos, teniéndole por sancto y ocupado interiormente del spiritu divino y abstrato del todo de las cosas temporales. Y ansí las limosnas que el Embajador le mandaba dar, viniendo como venía allí cada día, como las que recibía de otras personas, las daba luego á los pobres más necesitados que topaba, y él comía un poco de mal pan, ocupándose la mayor parte del tiempo en estas sus continuas deprecaciones, muchas de las cuales eran estando de pies en lo más alto de la pared del alcoran tendiendo los brazos y meneándolos á todas partes, con sus ordinarias voces, pareciendo á todos los que lo veían que se había de despeñar de aquella grande y sublime altura.

Y porque fue cosa maravillosa la prodigiosa agilidad que en este alcoran mostraron dos volatines, se pondrá en esta relación, aunque parezca increíble, pero habiéndose visto por tantos millares de personas de esta ciudad, sin las de la familia del Embajador, que llegaban á ciento, no hay para que embarace á nadie el escribirlo ni oirlo.
Luego como el Embajador llegó quisieron estos dos volatines mostrar su abilidad, y porque hubo entre ellos gran contención sobre cual había de ser el primero, siendo diferentes las vueltas que cada uno daba, pasaron algunos días, hasta que habiéndole tocado al uno, se puso una cuerda no más gruesa de la que en España, particularmente en Madrid, meten los ganapanes en la plaza para sacar los toros jarretados, desde la varanda del Alcoran, que seis ó siete brazas de su mayor altura lo rodea alrededor. Y como esta cuerda fuese corriendo más de cuatrocientos pasos y se fijase y atase en lo alto de una casa, por mucho que con tornos la apretaron, sigún la mucha distancia que había de un remate á otro, quedaba poco estirada, de manera que de sí propia se vibraba y meneaba á todas partes. Y ansí el volatín le echó y ató, á cien pasos del alcoran, otra cuerda del mismo grosor, y la fijó abajo en el suelo en derecho de donde la había atado, quedando la cuerda de arriba, que antes estaba muy declive ó cuesta abajo, mucho más inclinada y en tanta ó mayor altura, adonde el volatín después volteó y anduvo, como lo más alto del remate de la cúpula de la torre de Santa Cruz en Madrid. Era este volteador chacatay ó sogodiano de nación, llamado Aidar, mozo de menos de treinta años, el cual por todo el trecho que ocupaba la cuerda, desde donde se remataba, que aún era más de lo que se ha dicho, vino con mucha siguridad sobre ella trayendo en las manos un palo poco menos grueso que un brazo y casi tan largo como media pica, andando la cuerda bamboleandose y moviéndose de una parte á otra, de manera que parecía milagro poderse aquel hombre sustentar en ella. Y como ya se ha dicho la cuerda estuviese muy declive, venía subiendo en mayor altura por ella hasta llegar á donde estaba atada con la otra desde el suelo, que desde allí quedaba tan levantada y ardua de subir hasta la varanda del alcoran adonde estaba atada, como la línea que dividiese un cuadro perfecto desde un ángulo al otro opuesto á él. Al fin, no solo subió con grande admiración y horror de los que lo miraban, hasta el fin de la cuerda, pero desde allí volvió á espaldas vueltas á andar los mismos pasos hasta donde la cuerda estaba atada con la otra rematada en el suelo; luego volvió á subir sin parar hasta llegar á la varanda, adonde estuvo descansando un poco. Dejó después el palo y habiendo hecho admirables pruebas de su mucha agilidad nadie había que no desease que acabase ya, pareciéndoles que cada vez había de se despeñar y hacer pedazos. Pero la cosa más esquisita que este hombre hacía era arrojarse, como que había caído por no poder más, y creyendo todos que venía abajo, quedaba asido con solos los enpeines de los pies, de la cuerda, no cruzandolos, sino apartados uno de otro, quedando todo el cuerpo tendido con la cabeza hacia bajo, dando palmadas con las manos, y después con mucha agilidad volvía á cobrar la cuerda, pudiendo haber gran duda cual de estas dos cosas fuese más difícil de hacer.
El otro volatín, de hay á tres ó cuatro días vino con dos grandes clavos de hierro, tan gruesos como dos dedos, y tan largos como cuatro palmos cada uno, y un pesado martillo, y llegándose al pie del alcoran hincó el uno de los dos clavos en él, en tanta altura cuanto podía levantar los brazos, quedando el clavo bastantemente fuerte, por estar la tercia parte de él ó más hincado en la pared, y asiéndose después de él se ponía de pies encima. Luego volvía á hincar el otro clavo en la misma altura, cuanto podía levantar los brazos, y dejándose luego caer quedaba asido con solos los enpeines de los pies del clavo más alto, estando todo el cuerpo, brazos y cabeza colgado hacia abajo, y muy de espacio cuanto podía alcanzar daba golpes con el martillo á una y otra parte del clavo hasta que lo meneaba bien y desencajaba y lo quitaba con la otra mano; después, teniendo en la una el martillo y el clavo, volvía á trabar del otro clavo, en que refirmaba y se tenía con solos los enpeines de los pies, y se ponía de pies sobre él. Y de esta manera, hincando un clavo y colgándose de él de la manera dicha hasta arrancar el otro y volverlo á hincar más arriba, gastó grande espacio hasta llegar á la varanda, pareciendo milagro notable lo que aquel hombre hacía. Después de haber subido y descansado en la varanda, hizo atar en ella y en la pared del alcorán un palo grueso que salia fuera de la varanda más de una braza, y de él trabó dos cuerdas de otra braza de largo cada una, y apartadas dos pies una de otra, con dos palos tan gruesos como él, hasta de una pica, atravesados en las dichas cuerdas en forma de escalera: en el uno de estos palos se sentó el volatín, teniendo el otro palo ó escalón encima de la cabeza, y allí dio agilísimas cuanto peligrosas vueltas, arrojándose con grande ímpetu cabeza abajo algunas veces, quedando asido con las dos manos de los ramales ó remates de la escalera, con todo el cuerpo tendido. De allí se impelía con mostruosa ligereza y colando por entre los dos palos de la escalera daba diez ó doce vueltas con mucha presteza, arrojándose hacia bajo y volviendo á subir hacia arriba, de manera que parecía un torno que andaba muy apriesa. La última, mayor y más peligrosa prueba de aquel día fue que habiéndole dado desde la varanda un arco y cinco ó seis flechas, se lo puso en la cinta, y estando asentado en la traviesa de la escalera más alta se arrojó de allí cabeza abajo, quedando colgado de los enpeines de los pies, de la traviesa más baja, y teniendo todo el cuerpo colgado hacia bajo cuanto extendido podía estar, quitó el arco de la cinta y teniéndolo enpuñado en la mano izquierda, con la derecha iba quitando flechas, y poniéndolas muy de espacio en el arco las fue tirando todas, disparándolas muy lejos, enbebiéndolas con tanta fuerza como si tuviera los pies refirmidos en el suelo.
Tenía este día el Embajador convidados en su casa á los gobernadores de la ciudad y á otros hombres principales persianos que después de haber comido miraron esta fiesta con mucho gusto. Ansí este volatín como el primero, después de haber volteado andaban recogiendo entre la mucha gente que los había mirado, lo que cada uno sigún su posibilidad quería ofrecerle, y el Embajador, por haber sido las fiestas á respecto suyo, le mandó dar a entranbos buena cantidad de dinero.
Ha parecido poner aquí la suma agilidad de estos hombres, pues Nicephoro Gregoras, autor gravísimo que prosiguió la Historia griega de Nicetas Coniate, hace mención y nos escribe que en tiempo del emperador Andronico el segundo, en cuyo tiempo él escribió su Historia, vinieron á Constantinopla una gran conpañía de volatines de Aegipto, y dice, como testigo de vista, muy en particular, las vueltas que hacían, y aun que eran muy para notar y dejar memoria de ellas; con razón se le podían las de estos persianos con gran ventaja anteponer.

(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo IL, Libro V, Capítulo I, pp. 25 – 36)

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